Estrategia
La guerra en Medio Oriente ha abierto un espacio que Vladimir Putin aprovecha con precisión estratégica. Mientras Occidente se desgasta en la gestión de una crisis sin salida clara, Rusia consolida su influencia energética y militar, capitalizando la volatilidad del petróleo y el reacomodo de alianzas regionales. China, por su parte, actúa desde su lógica milenaria, no interviene, observa. Mantiene su producción, asegura suministros alternos y refuerza su posición como potencia manufacturera mientras otros enfrentan disrupciones. La combinación es evidente, mientras, Moscú gana margen geopolítico, Beijing gana tiempo económico.

