Sobre las tiranías…

Se puede aprender muy rápidamente a evitar que lo aplasten a uno, pero se necesitan siglos de un aprendizaje sin precedentes para perder la voluntad de aplastar a los demás.

Ilya Eherengurg

REVISTA 110, Sueña el tirano con un mundo doblegado a sus pies. Hordas de súbditos sumisos se arrastran hacia él, erguida la mano temblona y pedigüeña, a implorarle la caridad del pan, del aire, de la venia para seguir viviendo; la frente reclinada hacia el suelo, los ojos enjugando una lágrima eterna, que según el humor del poltrón será de gratitud o pena, la sangre acuosa que no le da ni para sonrojarse acudiéndole al rostro macilento, mapa de todas las miserias…
Desde su alto pedestal de desprecio, el tirano los contempla llegar, erguido, omnipotente, fiero en su majestad, dominador de la vida y la muerte, en una mano el látigo, en la otra un aromado casimir de seda, escudo contra los fétidos olores de la turba…
Concordarán conmigo en que el contraste entre las dos imágenes es tal, que puede provocar cierta aprensión; pero también tristeza, si se piensa que esta “quimera del tirano”, se ha vuelto realidad en cientos de ocasiones, en casi todos los lugares del mundo.
Durante siglos, la humanidad ha soportado sobre su espalda dolorida, como a hijos bastardos e insaciables, a los tiranos. Pero no vamos a revivir aquí, por antiguos, y por no traicionar a la imagen descrita, que no les hace justicia, a aquellos magníficos tiranos que a finales del siglo VII a. C., en las ciudades jónicas de avanzada, y luego en toda Grecia, tomaron el poder político por claros motivos económicos, príncipes comerciantes, aficionados y entendidos en arte, que mantenían una corte soberbia, en los tiempos en que el título de tirano implicaba, únicamente, el acceso ilegal al poder, no el abuso del mismo.
Y como estos tiranos de antaño, industriosos y sabios, no quieren ayudarnos, juguemos con el tiempo para que el término envejezca y se pervierta hasta que adquiera su actual connotación. De nuestro lado jugarán, en sus roles históricos, cientos de personajes de los que nos ocupan, y sus acusadores, pero como no podemos mencionarlos a todos, haremos un cómodo resumen: Pitaco, tirano de la isla de Lesbos, quien provocó, a solo medio siglo de la era tiránica en Grecia (650-500 a.C.), y al parecer por sus excesos, la aparición de un líder como Alceo, poeta inspirado por demás, que dejó, en odas de su propia invención, constancia escrita de su odio hacia los muchachos del tipo de Pitaco. Mencio, uno de los fundadores de la filosofía china, que dedicó su vida a propagar el confucianismo y a recordar a los gobernantes sus deberes, afirmó categórico, y escrito lo dejó, que el cielo castigaría a los tiranos mandándoles desastres naturales, y también que el pueblo que deponía a un tirano obedecía la voluntad del cielo. En Grecia (404 a. C.), el llamado gobierno de los Treinta Tiranos, impuesto por Esparta para gobernar Atenas y otras ciudades como resultado de su victoria en la Guerra del Peloponeso, cuyos miembros se dedicaron a gobernar con mano dura, asesinando, desposeyendo y desterrando a gente bien . Más opresivo que el gobierno anterior, los atenienses tuvieron que chocar las espadas para poder correrlos. Si nos vamos a Roma, hacemos una alarmante lista con varios de los Césares , tiranos, (ya llamados así, en el peor sentido, por sus contemporáneos); de los más crueles y licenciosos de la historia.
En fin… para no agotarnos, concluyamos que todos estos personajes, (y los miles que no mencionaremos) ayudaron, e incluso, algunos se pasaron, a corromper y envilecer el término tirano hasta dejarlo como podemos encontrarlo, hoy día, en cualquier diccionario. El Drae, por ejemplo, explicita:
Tirano, del lat. tyrannus, y este del gr. tÝrannoj.
1. adj. Aplícase a quien obtiene contra derecho el gobierno de un Estado, y principalmente al que lo rige sin justicia y a medida de su voluntad.
2. [adj.]fig. Dícese del que abusa de su poder, superioridad o fuerza en cualquier concepto o materia.
¿Sinónimos? : Déspota, dictador, autarca, totalitario, opresor, avasallador, inicuo, intolerante…
Y ahora, sabiendo a qué atenernos, nos vamos a saltar a unos cuantos tiranos mediterráneos y orientales para volver la vista, como quien se asombra, hacia la América Latina, donde los dictadores, desde mediados del siglo XIX hacia acá, proliferaron a tanto por país, adquiriendo, en la desmesura de nuestras tierras, caracteres de personajes de leyenda.
Para acercarnos a estos personajes acudamos, sin intenciones de soslayar la historia, con sus cronologías, su seriedad, sus exactos análisis, a una aliada que tampoco defrauda: la literatura.
Más de cinco novelas de óptima calidad se han escrito en América sobre la temática del Dictador . En ellas actúan y respiran los tiranos, señores del poder, dioses de la omnipotencia y la política; algunos, como el Tirano Banderas de Valle Inclán, caricatura de las más grotescas, otro, como el de Márquez, rodeado de sus fantasmas, de sus leyendas, ridículo pero real, fantástico y absurdo…; o el Karai Guasú de Roa Bastos, de carne y hueso, mesurado, terrible, encerrado en sí mismo; todos engendradores de leyendas, excesos y desmanes, ayudando a construir su propio mito.
¿Pero, de dónde salen estos personajes, y cómo logran ascender al poder? La aparición de un tirano es cuestión de coyuntura histórica, y, al menos en América, siempre los ha criado el pueblo al que han de sojuzgar. Al principio, durante la niñez tumultuosa y errática de nuestras repúblicas americanas, fueron los caudillos, líderes naturales, o los letrados hábiles que se fueron a instruir por Europa y regresaron a “comerse” su mundo, trepando sobre la sangre y la ignorancia de los indios, de los llaneros, de los gauchos…
La posesión de la fuerza, el carisma, el oportunismo político (no exento de genio), en países de constitución débil, el verbo fácil, utilizado contra masas incultas; dan algunos de los secretos del tirano. Según una curiosa clasificación que encuentro en el prólogo de una edición cubana del Recurso del método, de Carpentier, y al parecer de su propia invención, existen tres tipos de tiranos: el tirano a secas, como lo fue Machado en Cuba, “perfectamente inculto”, pero nombrado, por una universidad maniatada, Doctor Honoris Causa. Un segundo tipo: el generalote de pistola y fusta: Juan Vicente Gómez, “que nunca fue capaz de escribir una carta”. Y un tercer tipo, el más complejo: el tirano ilustrado: Estrada Cabrera en Guatemala, “que teniendo las cárceles de su país llenas de gente, erigía nada menos que un templo a Minerva” o Guzmán Blanco, “que lee libros, tiene una casa en París, viaja, vuelve, opina y da la impresión que protege las artes y las letras y, a través de sus esbirros comete los mismos atropellos que el general de pistola o del dictador a secas ”.
Estos, durante la primera mitad del siglo XIX, porque después, el camino allanado, vinieron otros menos respetuosos y más voraces: el politiquero demagogo y farsante, que compra las elecciones con dinero del pueblo, el generalote taimado y susceptible, que ya no arrastra espadas, pero tiene cañones importados y decide probarlos, el títere educado, impuesto y protegido por los especialistas de un imperio foráneo, que venden el país palmo por palmo…
Las tiranías, y todos los demonios que engendran, entiéndase violencia, no solo la de balas y golpes, sino también la que impone doctrinas y obliga al silencio a los que aman y crean, persecuciones, violaciones, desaparecidos, presos políticos, hipocresía, corrupción, miedo, exilio… no pueden considerarse como simples páginas pasadas; quedaron las secuelas, que todavía corroen; y muchas de sus fórmulas que, a lo sumo, en los tiempos que corren, solo se han hecho más sutiles. Es cierto que se han desperezado nuestros pueblos, y despiertan, y las tiranías hicieron refugios bajo tierra, cruzaron el istmo o se echaron al mar. Pero cuidado. Los tiranos modernos y futuros no se pierden las lecciones que ha brindado la historia, y se ejercitan hoy, con el amplio arsenal que les brinda la era, en la misma función que practicaban sus ancestros, con menos trabas, pero menos recursos: lanzar gritos heridos a la gloria de la libertad; hoy, además, discuten apasionadamente sobre derechos humanos y sobre democracia; y mudan, y saben esperar. Nada hay como un ropero bien surtido para cambiar de traje. Los pueblos tienen que estar atentos para reconocer de lejos al tirano moderno. Vendrá de smoking, sonreído, fotogénico, cambiado el látigo por un panfleto democrático, prometiendo el mismo paraíso que antes era de vallas de papel pintado y trasatlánticos de cartón, y no soportaba las lluvias ni las iras, y ahora está fabricado de puro celuloide, a ofrecer sus servicios para el bien de la Patria, pero pensando íntimamente en vender hasta el mar.