Por Roxanna Marte

REVISTA 110. El vino enaltece las culturas y las mesas donde se disfruta, es un elemento de reunión y de celebración, pero más que todo es un elemento cultural.  Tomar vino va más allá de disfrutar el líquido, la copa está cargada de la historia que tiene que contar todo su proceso de elaboración y el proceso de la tierra.

Pero si hacemos una mirada más profunda para entender la enología, hay que entender un poco de todo, de biología, química, agricultura, ampelografía, clima, suelo, etc. Cada proceso aporta al vino una nueva esencia que se queda en él hasta su muerte. Desde la plantación de la cepa va desarrollando y absorbiendo sabores y aromas imborrables, que podemos identificar una vez tengamos la copa en nuestra  nariz. En los tintos, muchos aromas primarios nos recuerdan a las frutas negras y frutas rojas, como bayas, grosellas y frambuesas. También están presentes los aromas herbáceos que vienen de la misma planta, como el pimiento verde, eucalipto, espárrago, menta, oliva, té y grama recién cortada. De la madera, provienen esas notas de caramelo, vainilla, chocolate, hongos, caja de puros, tostado, roble y aroma ahumado. Todos esos aromas se impregnan en el líquido ya fermentado dos veces y macerado y le ofrecen una complejidad que no acaba. Hay aromas que incluso recrean notas de bosques profundos u olores a establo.

Por eso a veces nos preguntamos: ¿Por qué el vino es un elemento tan exigente a la hora de degustarlo? La respuesta está en su proceso, pues, evitando menospreciar otras bebidas, no se circunscribe a la mezcla de ingredientes sino que reúne un cuidado absoluto desde la plantación, ciclo vegetativo, floración y maduración de las uvas y el cuidado de la vendimia en otoño. Luego el proceso de elaboración que incluye fermentación alcohólica y maloláctica, las cuales le aporta cuerpo, equilibrio y suavidad al vino, haciéndolo finalmente más untuoso y sedoso. Para más tarde pasar durante unas semanas al proceso de maceración que agrega al mosto todos los elementos maravillosos que contienen las pieles, como los pigmentos antoncianos y los polifenoles que le añaden vida útil y color al líquido. Terminando con el tiempo en crianza que ofrece cuerpo y personalidad al vino, así como complejidad y finaliza con esa variedad de sabores que hemos planteado.

Por eso y por más cosas el vino es una bebida que merece respeto, reconocimiento, valoración individual y el aplauso para los que lo producen, buscando extraer  los mejor de cada cosecha.  En el caso de los vinos blancos, que no pasan por el proceso de maceración, porque las uvas blancas no tienen la misma pigmentación que las tintas, los aromas son más vivaces y más afrutados, desarrollando notas de fruta tropical, como el limón, la manzana, toronja, pera, piña, naranja, guineo, plátano verde, así como melocotón, albaricoque, y  frutas de árbol como las avellanas, que son más comunes en climas fríos. También aromas a flores y pétalos de rosa, gardenias, violetas  y otros olores especiados. Todos los aromas y sabores listos para que le demos un sorbo y disfrutar de las bondades del vino.

A pesar de que nuestro país ha crecido en el mundo del vino, nos falta darle la bienvenida al consumo cotidiano, dejarlo que llegue a nuestra mesa. Si bien es cierto que en algunos casos es un poco costoso, cada vez más, casas vinícolas suramericanas y americanas están creando vinos de calidad a bajo precio; si no lo crees, date una vuelta por La Enoteca, para que veas los ejemplares de bodegas modernas y vanguardistas que se han dado la tarea de lanzar nuevas marcas asequibles.

Solo es cuestión de abrirnos un poco, y dejarnos acompañar por un amigo que nunca nos hace quedar mal, en nuestros encuentros familiares, cenas especiales y fechas inolvidables. ¡Salud!

¡Disfruta y crece!